Desde que ando por el pueblo, esta casa nunca la había visto por dentro. Para mí había constituido un misterio. Su muros, proyección de un pasado lejano en nuestros días, se resistían a la fiebre constructora de la última década. Con su gran portalón de madera, que bien podría remontarse a la época de nuestro Don Quijote: puertas pensadas para los carros y las bestias. En su interior contaba con un gran huerto. De pronto, sin las fuerzas necesarias para resistir los embates del tiempo, ha terminado por caer (o se le ha ayudado a caer, ante el peligro que suponía) y dejar al descubierto su interior deteriorado e irrecuperable. Otra seña de identidad de nuestro pueblo que cae ante la mirada atónita de nuestros ojos.

Vía | Dinamizador
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