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Cosas olvidadas I

Acaba el año y a lo largo de este se me han quedado bastantes cosas por poner. Normalmente por falta de tiempo. Aquí traigo dos vídeos de fútbol, de los chicos y de las chicas, cuando jugaron en Purullena; si recuerdo bien, por Noviembre. Sólo he subido una parte porque he llegado a la conclusión que los vídeos muy largos se hacen muy pesados y no son entretenidos. De todas formas es un buen ejemplo de lo que paso.

Partido de las chicas. En el que ganaron al equipo de Alquife 10 a 0.



Partido de los chicos. En el que perdieron 4 a 1.

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De vuelta de las vacaciones

Me quedaban dos semanas de vacaciones y me las he tomado entre el puente de la Inmaculada y el comienzo de la Navidad. Ya estoy en el curro, cuando otros se van de vacaciones yo regreso al trabajo; con el frío y el deseo de comer pavo.

Poco a poco me voy poniendo las pilas. Con este frío, cuesta bastante. Una de mis asignaturas pendientes era el blog de Religión y Tradiciones. He decidido remodelarlo y ahora será de Historia, Religión y Tradiciones. La dirección antigua la cambie, no sé cuando, pero la cambie. Ahora es http://lapezasanta.blogspot.com. Y por el momento se va a quedar así, para no liar más la cosa. Espero en estas navidades darle un empujoncito. De todas formas animo, a quienes lleguen a este blog, que no dejen de visitar el blog de Papel y Bit y el de Juan Jesús, ahí encontrarán bastantes datos sobre nuestro pueblo y sobre su historia, además de otras cosas (siempre interesantes y divertidas).
En el blog de Historia acabo de poner el relato que hizo Pedro Antonio de Alarcón sobre la gesta de nuestro más afamado conciudadano: El Alcalde Carbonero.

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The Cathedral

Baginski, Tomek "The Cathedral", Platige Image (2002)

Un hombre accede a una monstruosa catedral gótica ubicada en el extremo de una enorme acantilado y acaba formando parte de ella. Poema visual realizado en Polonia elegido mejor film de SIGGRAPH'02 y nominado para el óscar 2002 al mejor corto de animación. El mismo equipo ha producido, en 2005, el corto Fallen Art, mención del jurado de SIGGRAPH'05 y premio Ars Electronica'04
Información tomada de:
http://www.iua.upf.es/~berenguer/recursos/filmografia3D/rec/historietas.htm




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Futbol La Peza

Me he propuesto, en este año, seguir las andanzas de nuestros chavales en la liga de fútbol. Siempre que puedo me acerco hasta el pueblo donde juegan y les hago algunas fotos. Este sábado jugaron en Benalúa. Todos nuestros equipos ganaron. Cuando llegué las chicas estaban terminando, así que les hice pocas fotos. Espero, enmendar esto la próxima vez que vaya.

Aquí dejo varias presentaciones . Para ver las fotos basta con pulsar sobre ella y nos redirigirá a la página de imageloop.com. Desde aquí hago las presentaciones y alojo las fotos, a baja resolución, para que ocupe poco. Pero se ve bien.

Estoy de pruebas con este servicio, si el tamaño es excesivo no dudeis en decírmelo para que rectifique.

En esta primera presentación vemos a los chicos/as entre los partidos. Gastando su aburrimiento como buenamente pueden.



En esta otra vemos a las chicas, cuando estaban terminando el partido.


Esta corresponde al partido de los cadetes. También me perdí parte de la segunda parte. En qué estaría pensando yo????


El útimo partido fue el de los infantiles, a las dos de la tarde.



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Sombras

Enseñándoles a mis niños el vídeo del artículo anterior, me he encontrado con este. Es un anuncio de Volskwagen, que quiero recordar no se ha visto en España (aunque tampoco veo mucha tele). Es una maravilla.




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What a Wonderful World

La vida es azar y complicada. Por un lado me encuentro con el artículo de Juan Jesús, en el que pone una de mis canciones favoritas de infancia. Y por otro me encuentro con este vídeo, gracias a una profesora del instituto. La vida une las cosas a su antojo, dándole sentido a nuestro devenir errante.




Este vídeo pertenece a los Premios Anuales Helpmann. Con estos premios se reconocen a los artístas más destacados en las disciplinas escénicas: músicales, teatro, ópera, perfomances... Y se dan en Australia.
En esta gala, la de este año, Raymon Crowe realizó esta representanción jugando con el tema de Louis Armstrong "What a Wonderful World".


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Así Termina la Vida y Comienza la supervivencia




Carta del Jefe Indio Seattle
El siguiente documento trata de la carta que envió en 1855 el jefe indio Seattle de la tribu Suwamish al presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, en respuesta a la oferta de compra de las tierras de los Suwamish en el noroeste de los Estados Unidos, lo que ahora es el Estado de Washinton.

El Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras. El Gran Jefe también nos envía palabras de amistad y buena voluntad. Apreciamos esta gentileza porque sabemos que poca falta le hace, en cambio, nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego y tomarse nuestras tierras. El Gran Jefe de Washington podrá confiar en lo que dice el Jefe Seattle con la misma certeza con que nuestros hermanos blancos podrán confiar en la vuelta de las estaciones. Mis palabras son inmutables como las estrellas.

¿Cómo podéis comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo podríais comprarlos a nosotros? Lo decimos oportunamente. Habeis de saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles porta las memorias del hombre de piel roja.

Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van a caminar por entre las estrellas. Nuestros muertos jamás olvidan esta hermosa tierra porque ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas; el venado, el caballo, el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las praderas, el calor corporal del potrillo y el hombre, todos pertenecen a la misma familia. "Por eso, cuando el Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras, es mucho lo que pide. El Gran Jefe manda decir que nos reservará un lugar para que podamos vivir cómodamente entre nosotros. El será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Mas, ello no será fácil porque estas tierras son sagradas para nosotros. El agua centelleante que corre por los ríos y esteros no es meramente agua sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos estas tierras, tendréis que recordar que ellas son sagradas y deberéis enseñar a vuestros hijos que lo son y que cada reflejo fantasmal en las aguas claras de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. Los ríos llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si os vendemos nuestras tierras, deberéis recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y hermanos de vosotros; deberéis en adelante dar a los ríos el trato bondadoso que daréis a cualquier hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que el otro porque él es un extraño que llega en la noche a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermano sino su enemigo. Cuando la ha conquistado la abandona y sigue su camino. Deja detrás de él las sepulturas de sus padres sin que le importe. Despoja de la tierra a sus hijos sin que le importe. Olvida la sepultura de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano el cielo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos y cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras sí sólo un desierto.

No lo comprendo. Nuestra manera de ser es diferente a la vuestra. La vista de vuestras ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quizá sea así porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde pueda escucharse el desplegarse de las hojas en primavera o el orzar de las alas de un insecto. Pero quizá sea así porque soy un salvaje y no puedo comprender las cosas. El ruido de la ciudad parece insultar los oídos. ¿Y qué clase de vida es cuando el hombre no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la laguna? Soy un hombre de piel roja y no lo comprendo. Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cala del lago y el olor del mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado por la fragancia de los pinos.

El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas comparten el mismo aliento: el animal, el árbol y el hombre. El hombre blanco parece no sentir el aire que respira. Al igual que un hombre muchos días agonizante, se ha vuelto insensible al hedor. Mas, si os vendemos nuestras tierras, debéis recordar que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con toda la vida que sustenta. Y, si os vendemos nuestras tierras, debéis dejarlas aparte y mantenerlas sagradas como un lugar al cual podrá llegar incluso el hombre blanco a saborear el viento dulcificado por las flores de la pradera.

Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, pondré una condición: que el hombre blanco deberá tratar a los animales de estas tierras como hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de conducta. He visto miles de búfalos pudriéndose sobre las praderas, abandonados allí por el hombre blanco que les disparó desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como el humeante caballo de vapor puede ser más importante que el búfalo al que sólo matamos para poder vivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales hubiesen desaparecido, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Porque todo lo que ocurre a los animales pronto habrá de ocurrir también al hombre. Todas las cosas están relacionadas ente sí.

Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen el suelo se escupen a sí mismos.

Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia.

Aún el hombre blanco, cuyo Dios se pasea con él y conversa con el -de amigo a amigo no puede estar exento del destino común-. Quizá seamos hermanos, después de todo. Lo veremos. Sabemos algo que el hombre blanco descubrirá algún día: que nuestro Dios es su mismo Dios. Ahora pensáis quizá que sois dueño de nuestras tierras; pero no podéis serlo. El es el Dios de la humanidad y Su compasión es igual para el hombre blanco. Esta tierra es preciosa para El y el causarle daño significa mostrar desprecio hacia su Creador. Los hombres blancos también pasarán, tal vez antes que las demás tribus. Si contamináis vuestra cama, moriréis alguna noche sofocados por vuestros propios desperdicios. Pero aún en vuestra hora final os sentiréis iluminados por la idea de que Dios os trajo a estas tierras y os dio el dominio sobre ellas y sobre el hombre de piel roja con algún propósito especial. Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando los búfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen el olor a muchos hombres y cuando la vista hacia las verdes colinas esté cerrada por un enjambre de alambres parlantes. ¿Dónde está el espeso bosque? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Así termina la vida y comienza la supervivencia....

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Comienza el campeonato de fútbol provincial

Ya ha comenzado el campeonato 2007-08 de fútbol provincial. El los dos últimos años, el equipo femenino de La Peza han quedado campeonas. Esperemos que este año consigan de nuevo su objetivo. El primer encuentro se ha celebrado en Purullena. El equipo de niños, en la categoría de infantil, jugaron contra el equipo de Purullena B. Perdieron por 4-1. Durante la primera parte se mantuvieron las esperanzas. Llegaron con un merecido empate. Pero en la segunda parte, tras un mal comienzo, el partido se puso muy cuesta arriba.

Las niñas, jugaron a las 2 de la tarde. Y desde el principio se manifestó la superioridad de estas, tras el primer gol de Melani. Luego les seguiría un rosario de goles al equipo femenino de Alquife. Hasta diez. Ana, en la portería, se mostró intratable, parándolo todo. Todo el equipo jugó a un buen nivel. Y, sin pisar el acelerador, dominaron un partido cómodo.El marcador refleja lo que sucedió en el terreno de juego.

Aquí dejo algunas fotos de ambos encuentros.




























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La navidad se esconde, insinuándose ya en las cumbres de Volota

A mi madre


Encarna

Hacía un calor de mil demonios, agosto salado en las playas de la Cala. Buscando al camarero para que nos pusiese una cerveza, bien fría, me topé de repente con el cartel de "Se vende lotería de Navidad! Con este calor no pega comprar pero, estoy segura que el deseo de hacernos ricos hace que muchos veraneantes se lleven el boleto junto al bañador, cubos, palas, caracolas, piedras de todos los colores y cómo no, el tesoro más preciado, las cristalinas verdes, marrones , azules … y demás enseres de los crios, con los que uno siempre acaba cargando.

Hace unos días buscando fotos para que lo niños se hiciesen una idea de lo que era "El Cortijo" encontré esta de mi madre, esto era para mí el anuncio de la navidad. Si no recuerdo mal se hizo una tarde de finales de la primavera cuando después de un largo día de "blanqueo", había que darle de comer al pavo, recién comprado –costaría no más de treinta duros- hasta que aprendiese solo, y madre mía si aprendía, qué manera de engullir las cáscaras de sandía y melón.

Durante todo el verano, después de comer salíamos a la placeta (precioso mirador con su acacia en el centro, donde el tiempo pasaba al ritmo de los DIAN 6 que bajaban de la "La casilla blanca" ) con el plato de porcelana donde habíamos recogido todos los restos de comida y, el banquete para el pavo y las gallinas estaba servido ( parece que están inventando algo cuando nos hablan de separar la basura… otro día contaré como lo hacíamos y haré un pequeño homenaje a "la cesta de las papas") .


El 24 de diciembre, La Encarnación, desde bien temprano empezaba a preparar el laurel, el vino blanco, el pimiento seco, la olla del agua hirviendo …. y el pavo .


Inma Hernández Baena


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Reparto de la carne

Fotos el día del reparto de la carne. Como siempre, llegó tarde. Pero llego. Las fotos no tienen mucha calidd, ya que están tomadas con móvil y desde el balcón del Centro de la Cultura. Mi agradecimiento a Fali por las fotos.


Reparto de carne 2007

Reparto de carne 2007

Reparto de carne 2007

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Cuando "El Mantecas" toreó para su pueblo

Seguimos con las fiestas, pero de otros años. En esta foto, se ve al "Mantecas" preparado para torear ante su pueblo. En ella se aprecia como era la antigua estructura de la plaza. Se ve la parte del Cimiento. El burladero es todo un poema.
También es un regalo para Juan Jesús, desde La Peza para Alemania. Esperamos estar en lo cierto, él nos lo dirá. Siempre hay tiempo para rectificar.

El Mantecas, de torero

Foto cedida por Inmaculada Hernández.

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Tiempo y velocidad

Hace poco he visto un documental sobre la teoría de las cuerdas. Me he acordado, durante todo el documental, de una sentencia que suelen decir en el Budismo: "Cómo arriba es abajo". No he podido dejar de comparar las cuerdas con las galaxias. Luego me he encontrado con este otro vídeo, en youtube, como no, donde se nos habla de la relación existente entre el tiempo y la materia. Todo aquello a lo que le damos importacia puede estar ocurriendo en un instante insignificante de la realidad, de una realidad mucho más compleja e inabarcable de lo que pensamos. Aquí os dejo el vídeo. Es de agnux, y es su respuesta al documental Documental Biodiesel La Reliquia Francisco Angulo.


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Fiestas de La Peza (3)

La gente está subiendo vídeos sobre las fiestas de este año. Aquí os dejo los enlaces.

J. J. Pérez, me dejó este vídeo como comentario en uno de los artículos. Fué el primer vídeo que ví sobre las fiestas. Estuvo rápido. Os dejo el enlace a su blog, donde colgó el vídeo. De paso podeis navegar por su blog.

No sin mi tostadora


Yolcic ha dejado estos vídeos:







Gentetorera ha dejado este vídeo:



Yuyi4ever nos ha dejado estos dos vídeos:






Espero que os guste.

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Fiestas de La Peza (2)

No voy a ganar un premio a la rapidez, pero menos da una piedra. He estado, y estoy, muy liado. Así que pido disculpas por la tardanza. Aquí os dejo los vídeos que he subido de los encierros de las fiestas. Falta una parte del domingo, que espero subir pronto. Youtube no me lo admitió porque sobrepasaba los diez minutos. Pronto lo subiré. Aquí os dejo los vídeos.

Viernes 12 de Octubre, filmado desde la terraza de la Prepedigna (espero que se escriba así, sino rectificaré).



Sábado 13 de octubre. Llegada de los toros a la plaza desde la calle del Río. También me falta una parte de este encierro en la plaza. Pronto lo subiré.



Domingo 14 de octubre. estos si son toros. Fueron subidos de uno en uno. en el primer vídeo se ve como llegan los mansos. La espera, que fue larga, aunque he quitado buena parte. Los chupinazos...



Primer toro



Tercer y cuarto toro.

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Preparando el Belén del 2007

La Asociación de Mujeres de La Peza "Santo Marcos Criado" está trabajando en el belén para estas Navidades. Esta tarde he estado en su taller, en el Hogar del Pensionista y he realizado algunas fotos. Dentro de su taller de pintura, que realizan a lo largo del año, están preparando las figuras para el belén de este año. Aquí os dejo algunas fotos con las mujeres trabajando.


Figuras Belén 2007 (12)

Figuras Belén 2007 (06)

Figuras Belén 2007 (01)

Figuras Belén 2007 (08)

Figuras Belén 2007 (07)


Figuras Belén 2007 (10)

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Fiestas de La Peza: Encierros (1)

Aquí va un vídeo pasado por Kevin. Está tomado con el móvil, por lo que la calidad es baja. pero en él se ve al toro en el callejón. Es del encierro del Viernes 12.

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CARTEL DE LOS TOROS

Aquí os dejo el Cartel de los Toros para las Fiestas de Octubre del 2007. Gracias a la aportación de Marcos Arroyo, que me lo ha traido al Centro.

Cartel Fiestas 2007

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Fiestas: calentando motores

Esta semana que entra son las fiestas de nuestro pueblo. El otro día, Silvia Castillo, me mostro varias fotos en su móvil de los toros del año pasado. ¡¡¡Todavía conservaba las fotos!!! Rápidamente, vía bluetooth, las pasamos al ordenador y de aquí al blog. Son una curiosidad y un pretexto para ir preparando el cuerpo para estas fiestas que ya están aquí. Todavía recuerda el calor que hizo el año pasado en las fiestas. Esperemos que este año sea igual.


Picando

Paseillo

Encierros

En la corrida

Toro

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Ponte, Pepa

A finales del invierno se pasó por el Centro Juan José, uno de nuestros usuarios, para pasarle el cuento que os presento más abajo, a su prima Ángeles, enferm de parkinson. Este cuento lo estaba escribiendo ella para presentarlo al concurso de relatos "Cuéntanoslo con Arte" de la Asociación Nacional de Parkinson. El 21 de septiembre se enteró que le habían concedido el 4º premio. Aquí os presento el cuento de Ángeles, espero que os guste.


Eran tiempos difíciles, días de hambruna, pan negro, piojos y rezos por los difuntos. No resultaba nada fácil sacar adelante a una prole de cuatro hembras.

Mi padre había sido toda su vida ranchero, un oficio al que casi todos los hombres de mi pueblo, La Peza, se dedicaban. Consistía en permanecer meses enteros fuera de casa, en el monte, donde hacían el carbón que luego malvendían. La recompensa era escasa; ganar unos cuantos chavos para, a duras penas, ir subsistiendo.

Cuando yo nací la cosa pintaba algo mejor. Mi padre logró una plaza de guarda forestal con mucho esfuerzo y la mejora fue notable.

Mi madre, que ahora cumplirá noventa y ocho años, sigue siendo la misma mujer fuerte y luchadora. Sus manos lograron tirar delante de sus tres hijas y arrastrar de la carga, mientras mi padre andaba perdido por los montes, plantando y controlando el trabajo de los pinos.

Todavía recuerda cómo lloraba cuando tuvimos que recoger los cuatro trastos de la casa para abandonar su pueblo y empezar una nueva vida de incertidumbre en La Alfaguara, el parque natural que ahora se conoce como La Sierra de Huétor, en un cortijo en plena sierra que había sido cobijo de pastores. Poner todo aquello en condiciones debió resultar penoso. Sólo ella sabe lo que sudó día y noche para hacer de aquel lugar una casa limpia y digna para lo que daban aquellos tiempos. Sin embargo, lo peor debió sobrevenirle cuando tomó consciencia de encontrarse sóla, en mitad de la nada, con tres hijas pequeñas, alejada de los suyos y añorando la seguridad del pueblo del que nunca había salido.

Yo ya había cumplido los cuatro años y, al parecer, era una niña muy saludable. Los aires de la sierra me habían hecho fuerte y nadie suponía que la desgracia se encontraba a mi acecho.

Cerca de nuestro cortijo vivía una familia de otro forestal. Tenían una hija que contrastaba con mi fortaleza y mi buena salud. Como mi apetito era voraz y, al parecer, daba gloria verme, a su madre se le ocurrió que yo podría ser un buen ejemplo para ella y decidió que fuese a comer a su casa para intentar cambiar el rostro pálido e inapetente de la pequeña. Lo que aquella buena mujer no advirtió a tiempo fue que su retoña se encontraba tísica, como apodaban entonces a los que sufrían tuberculosis.

La transacción ocurrió justo al revés de lo que se esperaba. Al poco tiempo fui yo la que se puso pálida y la que dejó de comer. En la Capital me vieron una mancha en el pulmón y ahí comenzó el periplo para mi pobre madre, que tuvo que hacer las veces de médico, practicante y quién sabe qué más cosas.

La cura consistía en respirar aire puro, comer todo lo que cayera en mis manos y acribillarme a inyecciones. Lo primero resultaba fácil; lo segundo también, porque no todos contaban con ingresos para obtener comida y mi padre, a fin de cuentas, era funcionario del Estado. Lo último resultó ser lo más jodido.

Hasta que mi madre no fue capaz, a lágrima viva, de darme la puya diaria, fue mi hermana María la encargada de hervir las agujas y bajarme las bragas. Para tal menester, necesitó un período de prácticas y fue mi hermana Pepa, mi sumisa y dócil hermanita, quien tuvo que hacer las veces de conejo de indias, o liebre de campo en este caso. A la voz de “ ponte, Pepa “, mi hermana se colocaba en pompa con absoluta disposición para que le colocaran una banderilla tras otra.

Ahora soy consciente de lo que llegaron a padecer las tres.

En todos los episodios que vienen a mi memoria de aquella época se haya presente mi madre. Mamá, siempre alerta y pendiente de cada uno de mis movimientos, afanosa en la tarea de protegerme y arroparme, de la mañana a la noche. Donde quiera que fuera e hiciera lo que hiciera, allí estaba ella, siempre a mi lado.

Meses más tarde, el jefe de mi padre propuso trasladarme a una casa forestal en la que éste pasaba su tiempo de veraneo. En ella había un campamento con servicio de practicante y una familia que estaba dispuesta a acogerme. Mis padres, que vieron el cielo abierto, no se lo pensaron dos veces.

La vi alejarse por la vereda en dirección al pinar, de regreso a casa, con aquella expresión de tristeza y preocupación contenidas, mirando de soslayo hacia donde yo me encontraba para ocultar sus lágrimas, dudando si continuar o dar la vuelta para llevarme con ella.

Lloré desconsoladamente durante días. Ninguna de las atenciones de mis nuevos progenitores, ni siquiera las películas que veía por primera vez y que me parecían algo mágico y maravilloso, me servían de consuelo. La imagen de mamá alejándose quedó tatuada en mi retina. Ni las lágrimas ni el tiempo mitigaban mi tristeza y mi desasosiego.

Una tarde, aprovechando un descuido del personal del campamento, decidí ir en busca de lo que yo creía haber perdido para siempre.

Caminé durante horas hasta lo más profundo del bosque, como en los cuentos que había escuchado bajo el cobijo de las mantas en aquellas noches de hielo y viento, cuando sentía el aliento de mamá, cuando sus palabras se iban convirtiendo en susurros y su imagen se hacía borrosa, como el candil de la pared, que daba paso a la oscuridad y al silencio.

El sol de la tarde había cedido a las sombras y al cansancio. Hasta entonces nunca había sabido lo que era estar sóla. Los sonidos del monte que yo creía familiares se habían convertido en ruidos amenazadores. Sentí a los búhos desplegar sus alas negras sobre mi cabeza y veía despertar a las fieras de la noche; no las veía, pero sabía de su presencia. Sentí la necesidad de estar junto a mi hermana, en el vientre de mi madre, apretando mi cabeza entre las rodillas.

Allí supe lo que era temblar por primera vez.

Cuando creía que nadie me encontraría, llegaron los hombres del campamento alertados por el jefe de mi padre y me llevaron a casa. Nunca me había sentido tan feliz al verme de nuevo allí, creo que pasó mucho tiempo sin poder despegarme de ellos.

Había cumplido los siete años y yo seguía sin levantar cabeza. Mi salud continuaba siendo delicada. Los cuidados que recibía no mejoraban mi situación.

Vivíamos pendientes de un traslado a Sierra Nevada, donde nos habían prometido una casa forestal de ensueño; hasta váter íbamos a tener dentro de la vivienda.

Mientras realizaban los trabajos de acondicionamiento, pasamos un tiempo en un cortijo en el que había un convento anexo, al que los curas y las monjas acudían a pasar parte del verano. Ellos fueron los que pusieron un libro en mi mano por primera vez. Se trataba de un cuento, “La cierva en el bosque”.

Ni mis hermanas ni yo tuvimos nunca acceso al compendio de ciencia y sabiduría de la Enciclopedia Álvarez. Las escuelas de la época se encontraban demasiado alejadas de las diferentes casas por las que pasamos, así que nunca compartimos con otros niños la leche americana, las clases de bordado de vainica, los rezos preparatorios para la Primera Comunión, ni jugamos a las chinas o a la rayuela.

Juntando los grupos de letras de mi primer cuento y siguiendo las instrucciones de mi padre, conseguía leer todo lo que caía en mis manos, con un ansia más voraz que la que sentía por la comida. Mi gran ilusión era ver llegar a mi padre de la capital con aquellos fardos de comida para largas temporadas y verle sacar los cuentos, que yo devoraba de inmediato.

Como ya sabía escribir, soñaba que algún día sería yo la que escribiera muchas de aquellas maravillosas historias de animales, granjeros, Caperucitas Rojas y príncipes encantados.

Entre cuento y cuento, mis días transcurrían emulando a Heidy, la niña con los mofletes rojos de Los Alpes. Los animales eran mis juguetes preferidos. Cuando los pollos de la clueca salían del cascarón, allí estaba yo para metérmelos debajo del jersey de lana para darles calor. Otro tanto hacía con los cabritillos y los conejos que iban llegando. Recuerdo especialmente el día en que Moni, la perrita, parió en un zarzal para salvaguardar a sus cachorros de mi instinto maternal tan precoz. Hube de esperar algún tiempo para disfrutar de ellos, cuando los fue trayendo uno a uno a la casa, algo crecidos ya, con la suficiente agilidad para escabullirse de mis achuchones.

El verano en que aprendí a montar la yegua, aferrarme a sus crines y trotar como una amazona, como decía mi padre, sobrevino mi curación.

Durante los tres meses que asistí a las clases con las monjas recuperé la vitalidad y la fuerza necesarias para sobrellevar el duro invierno que se avecinaba.

Corría el año 1957. La nieve llegó a tal altura que pasé semanas sin salir de casa, retozando entre calderas de cebolla para la matanza, barras de caña colgadas del techo repletas de chorizo y panes y dulces de Pascua recién horneados. Todavía con nueve, pero más entrada la primavera, acompañaba a mi padre a una zona de peñascos y acechábamos a los conejos o íbamos a revisar los cepos y volvíamos cargados con los trofeos de caza, para delicia de mi madre, que se pasaba horas trajinando entre pucheros y cazuelas de barro.

La primera radio de pilas que compró mi padre nos conmocionó a todos. Nadie comprendía cómo podían salir voces de aquel chisme diabólico. Con las noticias y las radionovelas se nos abrió una ventana al mundo; las tareas de costura y las veladas delante de la chimenea, con la radio en el centro, parecían otras y yo me dejaba embaucar por aquellos sonidos envolventes y aquella música maravillosa.

La luz eléctrica era un lujo al alcance de los núcleos de población, pero no de las casas apartadas ni de los cortijos. En casa teníamos lámparas que se avivaban con carburos. Mi primer contacto con la electricidad ocurrió el día en que fuimos a visitar a mi tía Ángeles, que vivía en La Peza, el pueblecito de la provincia donde nació mi madre. Yo miraba con asombro cómo todos los de aquella casa giraban un aparatito colgado de la pared y, al momento, se hacía la luz y una bombilla, parecida a un sol pequeñito, seguía brillando en el techo. Pasaba horas enteras abstraída en la tarea de girar la manecilla blanca de la pared, recreándome en aquel milagro.

De vuelta a la sierra, pregunté de inmediato a mamá por qué allí la luz no venía “dándole un pellizco a la pared”, como hacían en la casa de la tita Ángeles.

Cuando mis hermanas se marcharon a estudiar al colegio de las monjas yo me sentí como la reina absoluta de palacio.

A pesar de que mi enfermedad se había superado desde hacía meses, continuaba siendo el centro de atención constante de mis padres, que seguían mostrando ese rictus de preocupación e incertidumbre hacia mí. Por este motivo decidieron dejarme bajo su cobijo.

Yo seguía devorando todos los cuentos y los tebeos que caían en mis manos. Si por aquel entonces hubieran existido los alimentos envasados, creo que me hubiera pasado el día leyendo y releyendo las etiquetas y los números de fabricante. El cuento de las “Mil y una noches” aumentaba mi vocabulario y día a día ganaba fluidez en la lectura.

Era tenaz y constante. Sentía curiosidad por casi todo y, con ese afán por aprender, agasajaba a mi madre, que no siempre tenía a mano la respuesta a todas mis preguntas.

Creo que hubiese sido una buena estudiante y tal vez hubiera llegado hasta la universidad.

Tuve oportunidad de ir a la escuela cuando nos fuimos trasladados al pueblo de Deifontes. Mis padres y hermanos me instaron a hacerlo, pero me sentía avergonzada al notar que mi cabeza sobresalía de los pupitres y al verme rodeada de crios menores que yo.

Yo ya era toda una señorita de doce años y ya había logrado, por mis propios medios, dominar la lectura y la escritura; además, me sentía licenciada en cuestiones de naturaleza y en profesar amor a los animales. Era hora de ocupar mi tiempo en prepararme para la vida de mujer adulta, pensar en el ajuar, en el Príncipe que se escaparía de algún cuento para hacerme una declaración de amor y, entre las mediciones periódicas con la cinta métrica de costura de mis pechos y caderas, todavía tenía tiempo de disfrutar de todos los mimos y atenciones que mis padres me seguían procurando y de mi pasión por los animales y la exuberante naturaleza que me rodeaba.

Hasta llegar a la adolescencia mi vida había transcurrido de manera apacible, como son todos los recuerdos que conservo de ese período.

Mi décimoquinto cumpleaños marcó una nueva etapa de cambios en nuestras vidas.

A mediados de los años sesenta ya se vislumbraban transformaciones significativas en la forma de vivir de los españoles, que llegaban los lugares más recónditos, como La Peza, el pueblo de mi familia, donde habíamos ido a instalarnos tras la jubilación de mi padre.

Rápidamente me acomodé al ritmo acelerado de la modernidad. Doña Concha Piquer dio paso a Fórmula Quinta; las faldas plisadas de cuadros y las rebecas fueron pasto de polillas y las minifaldas, las camisetas de tirantes y las sandalias de plataforma eran motivo de constantes reproches. Los guateques, los primeros cigarrillos, el wisky con Coca Cola, el baile, los besos robados y los tocamientos a traición daban lugar a sermones en la Homilía y en la mesa de camilla de mi casa.

Sólo las fiestas del mes de Octubre parecían inalterables año tras año. Eran el reclamo para amigos y familiares que habían ido abandonando el pueblo en busca de una mejor vida. Tras los cuatro días de juergas, bailes en la plaza y corridas de toros, la vuelta a la cotidianidad del pueblo y la inminencia del largo invierno mermaban el espíritu inquieto que seguía teniendo.

Mis hermanas ya habían pasado por el Altar y, a mis veinticuatro años, yo sentía la necesidad de hacer algo para dar un cambio a mi vida.

Primero fue la fábrica de metalurgia. Luego la de hilaturas.

Entre madrugones, calenturas y duras jornadas de trabajo, llegué a adaptarme a las condiciones de vida de la periferia de Barcelona.

Éramos muchos los llegados de todas partes.

Vivía en casa de mi hermana Pepa y de su marido. Entre los tres compartíamos la nostalgia de todo lo que habíamos dejado atrás, pero sabíamos que el regreso al Sur tardaría algún tiempo en llegar.

Tras unos años de noviazgo, me encontré casada con el que hoy es mi marido, que no permitió que siguiera en el turno de noche de la fábrica ni que siguiera aguantando el tufo de aquel gitano con el que debía permanecer en la máquina del telar, cuyo hedor me martirizó durante meses.

Al año y medio de la boda nació Marián. Bibi llegaría tres años después. El haberlas traído al mundo ha sido lo mejor que me ha ocurrido nunca. Ellas fueron la única excusa que me seguía atando a Cataluña; bueno, y el trabajo de mi marido. De lo contrario, no habría dudado en regresar de nuevo a mis raíces el día que lo hizo mi hermana, en lugar de permanecer dieciocho años, sintiéndome desarraigada de mi pueblo y de mis gentes.

Durante este período los años transcurrían despacio. Cuando las niñas fueron al colegio no tuve más remedio que ponerme a trabajar de nuevo. El sueldo de mi marido no permitía demasiados extras y había que pagar la hipoteca del piso.

Resulta increíble pensar que mis manos, ahora temblorosas y torpes, hayan podido pintar cientos de miles de figuritas de Belén en el comedor de mi casa.

El traslado de mi marido llegó un mediodía del año 1992. Aquel “coge un cartón y pon el piso en venta” me colmó de esperanza e ilusiones de futuro.

Nuestra estancia en Motril, cerca de mis padres y de mi familia, y después la de Málaga, hicieron que me desquitara de todos aquellos años de exilio.

Hasta hace seis años, a excepción de la muerte de mi padre, todo marchaba bien en nuestras vidas y acontecía según lo previsto. Con mis hijas en la universidad y mi marido a punto de jubilarse, disfrutaba de una madurez sosegada.

Todo comenzó por culpa de un juanete en el pie derecho, cuando, estando pendiente de la lista de espera para la intervención, mi mano derecha empezó a temblar.

Atacaita de los nervios estoy yo. Eres una miedica. No es para tanto. Eso te pasa por tanto bailar, que los pies luego se resienten”, me decía a mí misma, sin imaginar lo que el puñetero destino me tenía reservado.

Pero el dedo seguía moviéndose como un condenado. El temblor se extendió a la mano y la mosca se instaló detrás de mi oreja.

Del hacer ver que la cosa no iba conmigo, al agobio y la tristeza que se iban instalando en mi ánimo, no transcurrió mucho tiempo.

No sabía explicar, ni a mí misma ni a los demás, lo que tenía en el cuerpo. Me observaba y callaba.

Los primeros médicos que visité llevaban colgado el cartel en el que yo leía: “está histérica. Tiene buena cara. Necesita ansiolíticos”

Hasta que llegó el día de la sentencia. En la sala de espera de la consulta me dí un buen atracón de uñas. Hasta las de mi marido me habrían sabido a poco.

Me pilló a contrapié. Le oí decir a bocajarro: “Usted lo que tiene es la enfermedad de Párkinson, señora”. Todo un alarde de sutilidad y delicadeza. Al ver mis lágrimas y mi desesperación trató de arreglarlo, pero aquello ya no tenía remedio.

Seis largos años han transcurrido ya.

Mi familia vuelve a ser el pilar fundamental. me siento afortunada al contar con ellos, al tenerlos a mi lado, incondicionalmente, en todo momento.

El avance de la enfermedad es más fuerte que mi resistencia. Los síntomas van apareciendo cada vez con mayor intensidad. Es caprichosa, con muy mala leche, una gran hija de puta. Anda agazapada, como una fiera, al acecho. ¡Maldita seas!

Doy gracias a Dios por seguir aquí.

A Usted, señor Párkinson, le diré que seguiré luchando, que “Resistiré”, como dice la canción del Dúo Dinámico que hemos adoptado como himno de esperanza en nuestra Asociación.

Dispongo de buena intendencia, con un buen arsenal químico de última generación para insuflarle chutes de rotigotina y dopamina; una logística cualificada de especialistas con métodos de lucha y estrategias innovadoras y de unos aliados que me curan las heridas y alimentan mi moral para el combate.

No lo va a tener nada fácil, porque no hemos llegado hasta aquí para dejarnos abatir.

Finalmente le ganaré la partida y me reiré de usted.

No podrá conmigo, con todos nosotros. Lucharemos con todas nuestras fuerzas y con la ayuda de profesionales que nos entiendan, nos den ánimos y se preocupen por todos nosotros.

No va a ser nada fácil luchar con un enemigo que cada día intenta que tire la toalla, pero estoy dispuestas a plantearle cara; aunque haya días que tenga ganas de luchar, miraré a mi familia y ellos me darán fuerzas para continuar.

Espero dentro de unos años volver a escribir para explicar cómo hemos vencido a la fiera.


Ángeles Gómez Fernández





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Día de lluvia

Este año, el Otoño, ha entrado a lo grande: lloviendo, y en abundancia. Desde el Centro, la perpesctiva que me he encontrado es la de un día gris, aunque bello. Me he asomado a la ventana y el encuentro con el paisaje ha sido el de una imagen desoladora de mi pueblo:


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Parece una fabela brasileña, o un arrabal de cualquier parte de Sudamérica. Un pueblo de paredes sin terminar, a medio construir, de tejados derrumbados o terminados en zinc: un Macondo en franca decadencia, justo antes de que "las estirpes condenadas a cien años de soledad no vuelvan a tener una segunda oportunidad sobre la tierra". No ha sido el día de agua, sino esta imagen la que ha dado con mis sentimientos por los suelos. Porque a pesar del tiempo, sigo sin acostumbrarme a esta lánguida decadencia de un pueblo que antes era bonito. ¿Qué poco inspira una imagen así?

Sin embargo, luego he subido a la azotea y me he encontrado con estas otras imágenes:

dia de lluvia-6

dia de lluvia-7

dia de lluvia-3


dia de lluvia-5

Qué cerca está lo feo de lo bello en este pueblo..

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Después de la riada

El otro día las lluvias hicieron salir el río Moroyón y Espique de su cauce por el puente de la Charneca. La gente del pueblo, todavía habla. Aquí dejo algunas fotos de río Moroyón, el día que pasó la vuelta ciclista por nuestro pueblo. En ellas se pueden apreciar la fuerza del agua.


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